Ni el calor, ni las chicas lindas, ni las camisetas de Atlético y de San Martín. El primer indicio de que llegaste a Tucumán son esos autos de la edad de un Ford Sierra o de un Renault 12 que te sorprenden desde un camino vecinal; trepan lenta y pesadamente al pavimento y te obligan a pararte sobre el freno para no reventarlos (y reventarte). El segundo son las motos en las que familias enteras recorren la ruta indiferentes al peligro que les moja la oreja cada vez que se cruzan con otro vehículo. El tercero, los camioncitos cargadísimos con cajones llenos de verduras que avanzan a unos 50 km/h (calculando con generosidad).

El tránsito en las rutas tucumanas es mucho más horrible si te toca sufrirlo en la 9 al volver de las vacaciones un caluroso domingo por la tarde. Es que el contraste sorprende: al cruzar el arco que marca el ingreso a la provincia se termina la paz y, a partir de Trancas, cada kilómetro funciona como una bomba inyectora de estrés.

Los trencitos arrancan en el acceso a San Pedro de Colalao a partir de las 18, aproximadamente. Y se agigantan en Tapia. En la Cuesta del 25 hay que contener la bronca, armarse de paciencia y rezar para que ningún distraído te choque desde atrás; a esa altura, el fin del calvario está cerca.

¿Te estás por ir al norte? Un consejo: si tenés proyectado regresar un domingo, pegá la vuelta temprano y evitá entrar a la provincia a media tarde. Es preferible sacrificar un par de horas antes que tirar por la ventanilla la calma que acumulaste durante las vacaciones.